La mente hecha en una placa de Petri

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Los científicos acaban de construir masas vivas a las que les crece su propio cerebro. Y luego esos cerebros deciden hacia dónde moverse. Es complicado. Está vivo. Y está reescribiendo lo que creemos que es posible para los cuerpos artificiales.

Plasticidad. Ésa es la palabra de moda. Significa cambiar. Adaptación. Si el entorno cambia, el organismo también cambia. La neuroplasticidad va más allá. Dice que el propio sistema nervioso puede reestructurarse basándose en lesiones, estímulos o caos puro. Pero eso suele requerir milenios de evolución. O años. ¿Qué pasa si te saltas el tiempo?

“¿Cuáles son los límites de la neuroplástica… si el cuerpo no es estándar?”

Ésta es la pregunta que Tufts y los investigadores de Harvard decidieron responder. No miraron ranas ni ratones. Observaron tejido embrionario crudo. Específicamente, el “gorro de animal” de una rana Xenopus. Este pequeño trozo de ectodermo se convierte en cerebro o piel. ¿Solo? Forma una esfera. Una bola móvil que nada usando cilios. Llámelo “biobot”. No tiene cerebro. Sólo movimiento.

Aburrido, ¿verdad? No cuando le inyectas precursores neuronales.

Cableando el vacío

El proceso es tosco por diseño. Los investigadores agarran el tejido. Caen en las células que se convierten en neuronas. Dejaron reposar la sopa.

Dentro de la esfera sucede algo salvaje. Las neuronas maduran. Se autoorganizan. Sin plano. No hay ningún mapa genético que diga “construya un ojo aquí” o “conecte una corteza motora allá”. Sólo células que encuentran otras células. Formando redes. Extendiendo los axones como raíces en busca de agua.

Haleh Fotowat, la autora principal, lo expresó claramente:

“Cuando se introducen estos precursores neuronales… maduran hasta convertirse en neuronas dentro de un cuerpo de piel”.

¿Cómo se conectan? No lo sabemos todavía. Las señales permanecen ocultas. Y como la implantación es manual, no hay dos neurobots iguales. Uno podría estar lleno de conexiones. Otro escaso. Todos ellos son copos de nieve únicos de circuitos biológicos.

Comportamiento versus biología

Aquí es donde se vuelve extraño.

¿Biobots normales? Ellos flotan. Se detienen. Se desvían. Los neurobots se mueven de manera diferente. Más. A menudo. Trayectorias complejas. Parecen motivados. Activo. Es difícil no atribuirle intención cuando una masa sigue cambiando de dirección con sacudidas decididas.

¿Pero los controla el cerebro?

El equipo intentó probar esto inundando la bañera con un fármaco que provoca convulsiones. Expectativa estándar: los robots con cerebro (neurobots) se apoderarían. A las masas tontas (biobots) no les importaría.

La realidad no estuvo de acuerdo.

Los biobots se detuvieron de golpe. Reducción drástica del movimiento. ¿Los neurobots? Señales mixtas. Algunos aceleraron. Algunos desaceleraron. Sugiere que las neuronas no sólo controlan el movimiento, sino que también amortiguan la respuesta del cuerpo al caos. Un pequeño sistema nervioso que lucha contra la influencia de una droga.

El fantasma en el ARN

Profundiza. Mira los genes.

El análisis genético mostró que los neurobots no sólo eran físicamente diferentes. Su ARN contó una historia de la historia antigua. Expresaron más genes relacionados con el desarrollo del sistema nervioso. Pero aquí está el truco: Genes de procesamiento visual.

Muchos de ellos.

Genes del cristalino. Para fotorreceptores. Para capas de retina. Todos se encendieron simultáneamente. Fotowat admite que es impactante. ¿Por qué querría ver una masa de piel, esfera y cerebro? Nada se lo dice. La hipótesis ahora es que estos robots podrían realmente percibir la luz.

Si es cierto, eso lo cambia todo. Implica que el sistema pasa por defecto a un estado que incluye la vista. Un ojo primitivo que se forma en un frasco porque eso es lo que hace la maquinaria celular cuando no está suprimida por la presión evolutiva.

“Es como empezar desde el principio”, afirma el equipo.

Los neurobots no tienen historia evolutiva. No hay presión de supervivencia para mantener su peso bajo o su eficiencia energética. Son puro potencial. Libre de la tiranía del fitness.

Sin moños prolijos

Michael Levin, profesor principal del proyecto, ve esto como una oportunidad para comprender la cognición misma. Sin el bagaje de la selección natural, tal vez podamos ver cómo una mente emerge desde cero.

Pregunta: “¿A qué mundo inexistente está adaptada su arquitectura cognitiva?”

Quizás nunca lo sepamos. O podríamos descubrir que está sintonizado para un mundo que no existe.

Hay razones prácticas para este trabajo. ¿Robots biológicos que se curan solos? ¿Que navegan por espacios reducidos donde falla el silicio? Seguro. Tal vez. Pero ahora es temprano. Muy temprano. La automatización podría ayudar a estandarizar los bots. En este momento, cada neurobot es un accidente único.

Entonces, ¿adónde conduce?

Quizás en ninguna parte. Quizás en todas partes. Fotowat quiere saber qué estímulos sensoriales les hacen saltar. Levin quiere visualizar las mentes de los cyborgs. Ambos parecen contentos con seguir hurgando en el cerebro hasta que éste cuente un secreto.

Las burbujas siguen moviéndose. Las neuronas siguen creciendo. Y todavía estamos tratando de ponernos al día. 🧪🐸