Es el trofeo más codiciado de Hollywood. Cada año, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas entrega la estatuilla bañada en oro a la película que considera mejor. Lo llamamos Premio de la Academia a la mejor película. Pero la historia de cómo llegamos hasta aquí es más confusa de lo que sugiere la alfombra roja.
El premio apareció por primera vez en 1929, en honor a la era muda y sonora de 1927-28. En aquel entonces, no se llamaba mejor película. La categoría fue nombrada imagen excepcional. También se otorgó un premio especial y peculiar a la imagen única y artística. ¿A los estudios les importaba más la excelencia técnica o el talento artístico? Esa separación duró sólo un año.
En 1930, la Academia fusionó los dos. Nació el Premio de la Academia a la mejor película tal como lo conocemos hoy. El proceso sigue siendo rígido. Los miembros de la academia nominan a los candidatos. Luego votan. Los productores de la película ganadora obtienen el Oscar.
¿Por qué importa esto más allá del metal brillante? Importa porque el dinero sigue al prestigio. Ganar el Premio de la Academia a la mejor película puede aumentar significativamente las ganancias de taquilla de una película. La atención de los medios aumenta. Los actores y directores ven mejorar sus ofertas cinematográficas. El premio actúa como un potente motor económico. Valida el trabajo. Abre puertas.
La industria lo sabe. Por eso la carrera por el Premio de la Academia a la mejor película es tan intensa. No se trata sólo de arte. Se trata de apalancamiento.
























