Lucille Ball no se quedó hasta la graduación. Salió de la escuela secundaria con sólo quince años y cambió libros de texto por un programa de teatro en la ciudad de Nueva York. No fue tanto un movimiento profesional calculado como un intento desesperado por algo más grande.
La ciudad no la retuvo.
Los conciertos en teatro eran escasos. El trabajo no llegó. Entonces ella dio un giro. Se convirtió en modelo y cambió su nombre por Diane Belmont. Era un alias temporal para una táctica de supervivencia temporal, pero mantenía las luces encendidas.
Luego llegó el descanso.
A principios de la década de 1930, un cartel de película hizo que su rostro apareciera ante los ojos de Hollywood. Los estudios se dieron cuenta. La chica que no encontraba trabajo en el escenario se acababa de convertir en un gancho visual para la industria cinematográfica.
Ese cartel no era sólo un anuncio. Fue un boleto.